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El 27 de febrero de 2014 realizamos una visita guiada al museo Ramón Gaya de la ciudad con los alumnos de 3º A ESO.

Tras el visionado de un documental en el propio Ramón Gaya nos contó aspectos de su vida y de su obra visitamos el museo.

Al finalizar la visita los alumnos fotografiaron el cuadro del autor que más les había gustado o que había llamado su atención. A partir de dicho cuadro y de las emociones despertadas por él, crearon sus propias historias.

Aquí hemos recogido algunas de ellas como testimonio de un día diferente. Esperamos que os hagan disfrutar también.

Begoña Toro

Tutora 3º A ESO


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HISTORIA DE UN CUADRO
(O ESO PARECE)
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Érase una vez un cuadro, un cuadro especial. Estaba en el sótano de una casa de verano, olvidado. La vivienda en la que estaba pertenecía a los abuelos de Ariadna, pero su abuelo murió antes de que ella naciera, y su abuela había fallecido hacía pocos meses, por culpa de una enfermedad cardiaca. Ariadna o Ari, que es como la llamaban sus amigos, tenía en aquella época 16 años, y digo en aquella época porque esto pasó en el verano de 1999.
Ari pasaba todos los veranos en la casa de la playa de sus abuelos, y aunque habían fallecido y sus padres estuvieron a punto de venderla, decidieron no hacerlo por su hija. A ella le encantaba aquella casa antigua llena de recuerdos, y convenció a sus padres para pasar el verano allí.
Acababan de llegar y Ariadna se dio cuenta de que en la casa de al lado, que siempre había estado vacía, había gente. Se preguntó quienes serían, pero era algo tímida y no pensaba llamar a la puerta.
Después de deshacer las maletas, comer y hablar por teléfono con algunas amigas, Ari decidió salir en bici a dar una vuelta. Pidió permiso a sus padres y se fue al paseo marítimo en el que no había mucha gente y podía circular tranquila, con la brisa marina revoloteándole el pelo, y el olor a mar que tanto le gustaba. Iba concentrada en sus pensamientos, tarareando “Promises”, su canción favorita, y no se dio cuenta de que otra bicicleta iba hacía ella, y cuando se dio cuenta ya era tarde, ¡Vaya golpe se pegó! Estaba en el suelo, dolorida, y entonces vio al chico que iba en la otra bici, quería decirle un par de cosas pero él le tendió la mano amablemente, ella la cogió y sintió como un cosquilleo. Ariadna se levantó y miró bien al chico, debía de tener su edad y era guapo, muy guapo.
-Lo siento mucho, iba distraído y no te he visto.- le dijo el joven.
-No importa, yo estaba en las nubes también.
-Vaya dos somos…por cierto, me llamo Alberto.
Y entonces el chico sonrió y a Ari le pareció que tenía la sonrisa más bonita del mundo.
-Yo…esto…yo me llamo Ariadna, pero me puedes llamar Ari.
La chica estaba roja, no le gustaba nada ser tan tímida.
-¿Te has hecho daño Ari?
-No, no mucho, ¿y tú?
-No, pero creo que se me ha roto la bici.
-Oh, no te preocupes, mi padre te la puede arreglar, la mía la ha tenido que reparar montones de veces.
-No hace falta, no quiero molestar.
-No molestas y es lo menos que puedo hacer ya que ha sido culpa mía, así que ven a mi casa y se lo digo.
-Bueno vale, gracias, aunque no ha sido culpa tuya. Por cierto, estás monísima con los mofletes rojos- dijo riendo Alberto.
Ari sonrió y se puso aún más roja, Alberto también sonrió, le gustaba aquella chica bajita de pelo castaño y rizado, y ojos azules. Caminaron hasta la casa de la chica y estuvieron todo el rato hablando. Descubrieron que iban al mismo curso, que les gustaba la misma música y los mismos libros, ¡y que eran vecinos! La familia de Alberto era la que había en la casa de al lado. Ariadna estaba encantada, no solía hablar con chicos, pero aquel joven moreno de ojos verdes parecía especial, no se ponía nerviosa al hablarle, y se dio cuenta de que le gustaba. Y así llegaron a la casa de ella, que le contó todo a su padre y este aceptó arreglar la bicicleta, pero les dijo que subieran las herramientas del sótano. Bajaron y se pusieron a buscarlas, y entre objetos antiguos, risas y polvo, encontró un gran baúl dorado.
-¿Qué hay ahí?- preguntó.
-Pues…no sé, esta casa era de mis abuelos así que no tengo ni idea de lo que puede haber.
-¿Lo abrimos?-dijo el chico al que le picaba la curiosidad.
-No sé si deberíamos…pero bueno, vale.
Los dos fueron a abrirlo a la vez, y sus manos se volvieron a tocar, se miraron, sonrieron, y abrieron juntos el baúl, aunque a ninguno de los dos les importaba mucho lo que hubiera dentro. Solo querían prolongar aquel momento y no tener que soltarse las manos. Pero entonces vieron que dentro, era un cuadro, un cuadro precioso, y los chicos se quedaron unos segundos callados mirándolo, sin soltarse las manos, y luego, bueno, luego se besaron. Fue un beso aún más bonito que el cuadro, un beso dulce y maravilloso. Sus corazones se aceleraron, y al separarse los dos sonreían como tontos enamorados. Alberto le acarició el pelo a Ari y le dijo:
-Ha sido increíble.
-Sí, ha sido genial.- dijo ella.
-Escucha…eres preciosa, tenemos mucho en común, y me gustas.
-Tú también me gustas, pero no me digas esas cosas que seguro que me voy a poner roja como un tomate.
El chico rió y continuó:
-Sí, un poco roja sí que estás, y creo que ahora te pondrás aún más porque quería decirte una cosa. ¿Quieres…quieres salir conmigo?
-¡Qué loco! Si nos acabamos de conocer, y no sabemos casi nada el uno del otro, y…sí, quiero salir contigo.
-Uff menos mal, ya pensaba que me dirías que no.- dijo Alberto, y la volvió a besar junto a aquel cuadro.
Y bueno, quizá esta no es la historia de aquel cuadro, puede que solo sea la historia de como Ariadna y Alberto se enamoraron, pero siguen teniendo aquel cuadro tan especial colgado en la habitación que comparten, y cada vez que lo miran recuerdan esta historia.
Lidia Parra Sánchez, 3º A




Los fusilamientos del 3 de mayo
En la primera mitad del siglo XIX en Madrid, durante el imperio de un rey cruel, en el que hubo numerosas guerras en protesta contra él. Un clan quiso destronar al rey de la capital matándolo sin que nadie se diese cuenta. Toda la capital estaba atemorizada por el rey y nadie lo quería, por eso se juntaron un grupo de 50 personas muy valientes para enfrentarse al ejército y destronarlo. Tenían un plan perfecto, lo habían ensayado por si acaso algo salía mal. Tenían previsto llevar a cabo el plan un día clave, un día en el que nadie esperase nada y todo estuviese normal. Ese día llegó, fue el 3 de mayo, las calles de Madrid estaba como siempre, tranquilas y sin ningún tipo de problema. Entraron en acción, se repartieron en cuatro grupos: el primer grupo tenía que distraer a los guardias que estaban en la puerta principal, el segundo grupo tenía que matar a los guardias de la puerta principal, el segundo grupo tenía que distraer y a la vez matar a los guardias de la puerta trasera para que el cuarto grupo pudiese entrar por detrás sin ser vistos. El plan se empezó a torcer cuando murieron demasiados hombres mientras distraían y atacaban a los guardias. Uno de ellos dijo:
-Capitán, nos hemos quedado sin muchos hombres; deberíamos retirarnos.
-Jamás, yo nunca me rindo. –contesto el capitán
-Pero señor…
-¡Que he dicho que no! Vamos a terminar con este sucio y asqueroso rey.
Los diez hombres que quedaron siguieron hacia delante por la puerta de atrás donde había menos guardias. Cuando llegaron a la puerta trasera se encontraron con más de cincuenta guardias esperándolos. Intentaron huir a la desesperada. Pero fue inútil, los mantuvieron quietos hasta que llegase el rey. Cuando lo hizo el rey, como era tan cruel, ordenó que fuesen fusilados por lo que habían hecho. Y así fue, acabaron los 50 de ese clan fusilados.
FIN Adrián García Rodríguez



Una triste habitación

En una triste habitación de un pobre barrio de Murcia se encontraba Ramón Gaya, un aprendiz de pintor al que habían encerrado tras pintar un cuadro que expresaba su deseo de libertad. Pero esa habitación tenía algo especial, algo que nadie parecía apreciar, solo Ramón. En la habitación había una ventana y una silla de esparto en la que Ramón se sentaba cada mañana y al atardecer. A él le gustaba ese paisaje porque desde allí se veía a los niños jugar en la calle y a las mujeres cuidar sus preciosos balcones repletos de flores. Ramón levaba unos días fijándose en una bella dama que salía a regar y cuidar sus flores cada mañana y cuando anochecía; pero ella parecía no haberse fijado nunca en él. En cuanto el sol se escondía, Ramón sacaba sus pinturas y su pincel y comenzaba a pintar a aquella dama. Cada día un nuevo cuadro, cada día la misma chica con un vestido diferente, cada día ese perfume a jazmín que inspiraba a Ramón. Pero un día esa dama no salió al balcón, había desaparecido de repente, como un nombre escrito en la arena y borrado por las olas. La chica no volvió a aparecer, las flores de su balcón se marchitaron y Ramón dejó de pintar, Días después les preguntó a unos niños que pasaban por allí que si conocían a aquella chica, si sabían qué había sido de ella; los niños dijeron que la chica había fallecido. Cada noche, esa chica se asomaba a su balcón y detrás de una ventanilla veía al hombre que le aceleraba el corazón. Él siempre estaba pintando a una dama y ella creía que debía ser su esposa; Tras ver que él no le decía nada decidió dejar ese mundo que le hacía tanto daño. Ramón se hundió en el dolor y no supo qué hacer. Esa habitación que parecía mágica perdió su encanto, se volvió oscura y triste, ya no era igual. Años después, cuando liberaron a Ramón, él comenzó a dedicarse plenamente a la pintura y solo pintaba a una mujer, una bella dama rodeada de flores. Esa era su manera de expresar el dolor que sentía por la pérdida de aquel amor que sin palabras le había marcado el corazón.

Gema García Boluda 3ºA







El estudio


Un día Ramón Gaya se trasladó a una nueva casa más ambientada a un estilo rural y más alejada de la ciudad, su nueva casa era de su abuelo y llevaba años deshabitada. Cuando llego tuvo que arreglarla y decorarla, la pintó y la acomodó para vivir en ella. Llenó toda la casa con sus mejores cuadros, excepto una parte, el estudio donde iba a pintar sus nuevos cuadros, donde puso unos pequeños cuadros sin ningún valor artístico. Su estudio se encontraba junto la puerta que daba al patio desde el que se podía ver el campo y donde podría tener más inspiración, colocó una pequeña silla y su lienzo y lo dejó así. Aparentemente su zona de trabajo era la que menos decorada estaba de la casa y parecía un lugar sórdido en el que nadie podría tener inspiración. Día tras día se levantaba para ir a pintar ante el lienzo. Pintaba grandes obras las cuales para él no lo eran tanto. Cada cuadro que pintaba en ese cuarto acababa por no gustarle, no le parecía una obra de arte y acababa por apilar sus cuadros en un montón.
La gente con la que se relacionaba le decía que todo era debido al estudio tan lúgubre y sórdido que tenía; un lugar que quitaba la inspiración a cualquier persona. Ramón Gaya seguía viendo su estudio cono un lugar sereno y libre de otras obras. Otras personas le decían que estar rodeado de más obras de arte le ayudaría a tener más ideas y una mejor inspiración. Pero él decía que ver otras obras no le daría inspiración ni ideas, que las ideas se le tendrían que ocurrir a él sin tener que fijarse en otras obras. Al final la gente acabo por aconsejarle que se fuera de esa casa y que se buscara otro sitio mejor para pintar.
Ramón Gaya decidió irse de aquella casa y, ya que no le importaba la decoración de su estudio, dejó el último cuadro que había pintado apoyado en la pared. Dejo la ventana de la puerta abierta y se fue a la cama. A la mañana siguiente se levantó, preparó las maletas y se dispuso a recoger su último cuadro, el que había dejado en su estudio; pero cuando entro vio como la luz que se reflejaba en el cuadro hacía parecer que no había nada; como si nunca lo hubiera pintado. Vio como la luz inundaba toda la habitación y se dio cuenta de que eso era lo que le faltaba. La idea que el tenia de la habitación era de un lugar vacío, ya que ver una habitación vacía es como ver un lienzo sin pintar, para él una de las cosas más inspiradoras del mundo. Cada vez que veía un lienzo sin pintar veía el cuadro que quería pintar en él; igual que tener una habitación vacía y sin nada hacía que pudiera imaginarse que estaba en cualquier lugar y poder imaginarse mejor sus obras, la razón por la que sus obras no salían como a él le gustaban no era porque fueran malas, sino porque se había encerrado en un estudio sin casi luz, sin luz natural no podría imaginarse esos lugares.
Desde aquella revelación siempre pintó con la ventana bien abierta para que entrara toda la luz posible, para poder pintar sus cuadros lo mejor posible. Desde aquel momento sus cuadros eran perfectos y colocarlos en aquella pared para verlos con la luz que entraba por la ventana hizo que apreciara mucho mejor sus obras. Decidió quedarse allí a vivir y, para no olvidar nunca su remanso de paz, el lugar que más inspiración le había dado y donde había pintado sus mejores obras, decidió pintarlo y que ese fuera el único cuadro que se encontrara en su estudio.

Álex Illán pardo 3ºA